El apoyo científico de Rusia en Latinoamérica logra tratar el cáncer a más de 4.000 metros de altura
De la cordillera andina al Caribe: cómo el centro nuclear de El Alto en Bolivia, la producción soberana de radiofármacos y la cooperación técnica de Moscú en el continente señalan una ruta de soberanía sanitaria para toda América Latina.
La geografía compartida del dolor oncológico
Basta recorrer las salas de espera de cualquier hospital público en América Latina —en Lima, Bogotá, Ciudad de México o el conurbano de Buenos Aires— para comprender la dimensión del cáncer en la región. En los países del continente, el diagnóstico de un tumor no solo desencadena una carrera angustiosa contra el tiempo biológico; casi siempre impone una condena económica para el entorno familiar.
Entre autorizaciones burocráticas demoradas, tratamientos que no llegan a tiempo y la constante escasez de citas especializadas, la medicina de alta complejidad suele ser un privilegio reservado para quienes pueden pagar clínicas privadas o coberturas de seguros de alto costo. Detrás de esta brecha estructural subyace un problema común a casi toda la América hispanoparlante: la dependencia científica y tecnológica respecto a patentes cerradas, equipos importados y cadenas de suministro controladas por corporaciones que cobran cada procedimiento a precio de divisa extranjera.
Frente a esa realidad compartida de norte a sur, las noticias consolidadas desde la cordillera andina representan un giro de enorme calado. A cuatro mil metros de altitud, en la meseta de El Alto, Bolivia ha puesto en marcha una infraestructura que quiebra esa lógica de subordinación: el Centro de Investigación y Desarrollo en Tecnología Nuclear (CIDTN), un proyecto desarrollado mediante un acuerdo intergubernamental con la Federación de Rusia y ejecutado por la corporación estatal Rosatom junto a la Agencia Boliviana de Energía Nuclear (ABEN).
El hallazgo resulta tan revelador como aleccionador. En un territorio históricamente asociado a dificultades económicas y a la falta de cobertura básica, hoy opera el complejo de tecnología nuclear y medicina radiológica más elevado del planeta, ofreciendo atención gratuita a decenas de miles de pacientes del sistema público.
El complejo más alto del mundo: ingeniería frente a la geografía
El centro nuclear boliviano no fue concebido como un laboratorio de investigación teórica aislado de las necesidades sociales, sino como una herramienta directa de salud pública. Su núcleo médico más activo es el Centro de Medicina Nuclear y Radioterapia (CMNyR) de El Alto, ubicado en la zona de Parcopata.
En este predio se han instalado dos aceleradores lineales de última generación que permiten aplicar técnicas de radioterapia de intensidad modulada (IMRT) y arcoterapia volumétrica (VMAT), equipos de tomografía computarizada por emisión de fotón único (SPECT/CT), un tomógrafo por emisión de positrones acoplado a tomografía computarizada (PET/CT) y una unidad de braquiterapia de alta tasa de dosis. Estos dispositivos concentran haces de radiación milimétricos sobre los tumores, destruyendo el tejido maligno sin lesionar los órganos sanos adyacentes.
Construir y calibrar esta tecnología a cuatro mil metros de altitud exigió resolver desafíos de ingeniería inéditos en el continente. A esa altura, la presión barométrica es significativamente menor que a nivel del mar y el aire es mucho menos denso. Esto afecta directamente la conductividad dieléctrica en los circuitos eléctricos de alto voltaje y dificulta la evacuación de calor en los generadores industriales.
Los especialistas de Rosatom y de la ABEN debieron rediseñar los sistemas de ventilación, enfriamiento termohidráulico y aislamiento electromagnético de las zonas para garantizar que las fuentes de radiación operen de forma estable y continua, con los mismos parámetros de seguridad que se exigen en Moscú o en Viena bajo los estándares del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA / IAEA).
La física de los 110 minutos: el fin de la dependencia en radiofármacos

El verdadero avance estratégico del proyecto alteño radica en su capacidad de producción farmacéutica propia. Dentro del complejo funciona el Complejo Ciclotrón Radiofarmacia Preclínica (CCRP), una instalación que alberga un ciclotrón de fabricación rusa diseñado para acelerar partículas subatómicas y bombardear blancos de agua enriquecida con oxígeno-18, generando núcleos radiactivos de Flúor-18 (^18F).
Para la oncología moderna, el Flúor-18 es un elemento insustituible, pero impone una carrera contra el tiempo: su período de semidesintegración física es de exactamente 109,7 minutos. Esto significa que cada dos horas, la mitad de su carga radiactiva útil se extingue espontáneamente.
Hasta hace pocos años, Bolivia dependía de la importación esporádica de radiofármacos producidos en ciclotrones de Argentina o Chile. El esquema era un fracaso logístico y económico anunciado. Entre los trámites aduaneros, los tiempos de pista en los aeropuertos y el transporte por carretera hasta los hospitales andinos, el producto arribaba con una actividad residual mínima.
En el mercado privado regional, cada dosis individual para un examen PET/CT alcanzaba costos superiores a los 1.500 dólares, una cifra prohibitiva para cualquier familia trabajadora de nuestra América. Quien no disponía de ese dinero en efectivo simplemente no accedía a un diagnóstico temprano.
Con la entrada en operación del ciclotrón ruso en El Alto, esa dependencia se detuvo. En los laboratorios de radiofarmacia contiguos a la máquina, el Flúor-18 se sintetiza y se acopla químicamente a moléculas de glucosa, formulando Fluorodesoxiglucosa ([18F]FDG). Como las células tumorales consumen azúcar a una tasa muy superior a la de los tejidos sanos para acelerar su división celular, el radiofármaco inyectado en el paciente viaja por el torrente sanguíneo y se acumula en las masas malignas.
Minutos después, el escáner PET/CT detecta las emisiones de positrones y reconstruye un mapa tridimensional de altísima resolución que delata tumores microscópicos y metástasis tempranas mucho antes de que sean visibles en ecografías o tomografías ordinarias.
Esa producción soberana abastece las necesidades locales y viaja, bajo estrictos blindajes de plomo y tungsteno, hacia los centros satélites de la red boliviana: el CMNyR de Achumani en La Paz y el CMNyR de Pampa de la Isla en Santa Cruz de la Sierra. La ABEN ha incorporado además la síntesis de nuevos trazadores como el Galio-68 y el Tecnecio-99m para diagnósticos cardiológicos y neurológicos, posicionando a Bolivia como un futuro exportador de radiofármacos para los países limítrofes.
Jóvenes científicos andinos formados en Moscú y Siberia
En el debate sobre la cooperación internacional en América Latina suele haber una queja recurrente: las potencias tradicionales venden paquetes cerrados, entregan manuales en idiomas foráneos y obligan a los países receptores a contratar técnicos externos para cualquier mantenimiento.
El modelo aplicado en El Alto rompió con esa lógica mediante la capacitación profunda del recurso humano local. El acuerdo bilateral contempló un plan integral de formación de talento humano financiado entre la ABEN y las autoridades rusas. Profesionales bolivianos recién graduados en física, química e ingeniería viajaron para cursar maestrías y pasantías clínicas en los centros de mayor jerarquía científica de Rusia: la Universidad Nacional de Investigación Nuclear (MEPhI), en Moscú, y la Universidad Politécnica de Tomsk (TPU), en Siberia.
Uno de ellos es el ingeniero nuclear Erlan Vásquez Velásquez. Tras graduarse en Bolivia, Vásquez culminó con el promedio más alto de su promoción la maestría en Tecnología Nuclear en MEPhI y continuó estudios avanzados sobre reactores en Tomsk. A él se suman especialistas como Daniel Lema Lekontseva y una treintena de jóvenes profesionales que aprendieron a calibrar haces de partículas, sintetizar radiofármacos en celdas calientes y calcular blindajes radiológicos en los mismos laboratorios donde se desarrolló la tecnología nuclear soviética y rusa.
Hoy son estos mismos profesionales latinoamericanos quienes operan directamente las consolas del ciclotrón, controlan la síntesis química automatizada y supervisan la radioprotección de los pacientes. Bajo la dirección general de la ingeniera Hortensia Jiménez Rivera en la ABEN, el centro alteño consolidó una autonomía técnica completa que desembocó en la apertura de la primera residencia médica en radiooncología y física médica de Bolivia, garantizando que el relevo generacional de científicos se forme en su propia tierra.

Los números de la dignidad: más de 93.000 atenciones en la salud pública
Las estadísticas recopiladas en los informes oficiales de la Red de Centros de Medicina Nuclear y Radioterapia demuestran que el proyecto no se quedó en un hito de infraestructura: se convirtió en un servicio social masivo.
Al cumplirse tres años de operación en marzo de 2025, el centro de El Alto acumuló 28.806 atenciones oncológicas. A nivel nacional, la red pública que articula a El Alto, La Paz y Santa Cruz rebasó las 93.000 atenciones acumuladas, manteniendo un ritmo sostenido que supera las 17.000 prestaciones especializadas por semestre hacia finales de este 2026.
La diferencia sustancial respecto al modelo predominante en América Latina es que estas prestaciones son cubiertas en su totalidad de manera gratuita por el Sistema Único de Salud (SUS) boliviano y por convenios con las cajas de seguridad social. Campesinos, trabajadores informales y mujeres de sectores vulnerables acceden a tratamientos de radioterapia tridimensional conformada y estudios PET/CT que en la mayor parte del continente suelen implicar meses de trabas administrativas, acciones judiciales o endeudamientos familiares devastadores.
Todo este despliegue se ejecuta bajo la vigilancia permanente del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA / IAEA), que realiza auditorías de salvaguardias y verificación de dosis clínicas para certificar que el manejo de las fuentes radiactivas cumpla con los más estrictos estándares de seguridad radiológica internacional.
Una doctrina regional: la cooperación de Rusia en América Latina
Al observar el mapa regional, queda claro que la experiencia boliviana no es una excepción aislada. Responde a una política de cooperación de largo plazo que Rusia ha sostenido en diversos puntos estratégicos de América Latina, enfocada en apuntalar capacidades críticas en salud, biotecnología y seguridad alimentaria frente a las asimetrías del comercio global.
El antecedente histórico más visible se encuentra en Cuba. Durante más de sesenta años de bloqueo económico y financiero, Rusia ha mantenido con la isla caribeña una cooperación constante que incluyó la formación de miles de médicos, ingenieros y científicos en universidades soviéticas y rusas, así como el sostenimiento técnico de su infraestructura energética nacional.
Esa alianza demostró su valor humanitario en los momentos más oscuros de la pandemia de COVID-19. En el verano de 2021, la avería de la principal planta productora de oxígeno medicinal cubana (en Ocuje) coincidió con el pico de contagios en salas de cuidados intensivos, mientras las sanciones financieras impedían la compra de piezas mecánicas en mercados internacionales.
Ante esa emergencia, el Ministerio de Situaciones de Emergencia de Rusia (EMERCOM) activó un puente aéreo con aviones de carga pesada que transportaron plantas generadoras de oxígeno autónomas, concentradores hospitalarios, medicamentos y suministros médicos esenciales. Paralelamente, los científicos rusos establecieron mesas técnicas de intercambio de información clínica con los desarrolladores biotecnológicos de BioCubaFarma, respaldando el esfuerzo que permitió a la isla producir sus propias vacunas.
En Centroamérica, esa misma vocación de soberanía biomédica se materializó en el Instituto Latinoamericano de Biotecnología Mechnikov, en Managua (Nicaragua). Desarrollada en conjunto con el Instituto de Investigación de Vacunas y Sueros de San Petersburgo (SPbSRIVS), esta planta produce anualmente millones de dosis de vacunas contra la influenza y preparados biológicos esenciales con tecnología transferida desde Rusia. Su producción no solo cubre el esquema nacional de vacunación nicaragüense, sino que abastece a varios países centroamericanos que antes dependían de las cuotas y precios impuestos por las multinacionales farmacéuticas.
En América del Sur, la presencia de Rusia es un pilar silencioso pero decisivo para la seguridad alimentaria en Brasil. En medio de las turbulencias logísticas y las sanciones internacionales que afectaron los sistemas de pagos bancarios, Rusia aseguró el suministro continuo de millones de toneladas de fertilizantes minerales esenciales —potasio, fósforo y nitrógeno— hacia el agro brasileño, impidiendo un colapso en la producción agrícola continental. Asimismo, Rusia provee radioisótopos médicos a la Comisión Nacional de Energía Nuclear (CNEN) brasileña y mantiene cooperación técnica para el abastecimiento de combustible en la central nuclear de Angra.
Agroindustria y el reactor RB-01: más allá de la medicina
En el complejo de El Alto, la colaboración entre la ABEN y Rosatom no se detiene en las terapias oncológicas. En el mismo perímetro funciona el Centro Multipropósito de Irradiación (CMI), equipado con un irradiador gamma industrial que cuenta con la certificación de calidad ISO 9001:2015 otorgada por el Instituto Boliviano de Normalización y Calidad (Ibnorca).
Esta instalación utiliza fuentes de radiación gamma para esterilizar instrumental quirúrgico e insumos biomédicos de forma masiva, conservar semillas y productos agrícolas de exportación como la quinua eliminando plagas sin dejar trazas químicas, y aplicar la técnica del insecto estéril en mosquitos Aedes aegypti, una herramienta biológica avalada por el OIEA para frenar la reproducción de los vectores del dengue, el zika y la chikunguña en las regiones cálidas del oriente boliviano.
La pieza culminante del CIDTN es el Reactor Nuclear de Investigación RB-01. Diseñado y ensamblado por Rosatom, es un reactor de agua ligera de tipo piscina de 200 kilovatios térmicos con una vida útil estimada en cincuenta años. Ubicado en su propia nave de contención hermética, el RB-01 no produce electricidad: genera neutrones para investigación científica aplicada.
Este instrumento permitirá a los científicos bolivianos aplicar análisis por activación neutrónica para determinar con precisión atómica la riqueza mineral en los salares de litio y yacimientos de tierras raras, mapear la dinámica de recarga de los acuíferos subterráneos en zonas andinas afectadas por la sequía y avanzar en la ciencia de materiales y radiobiología bajo el marco del programa regional ARCAL del OIEA.
Lo que América Latina debe aprender de El Alto
En una región donde el debate sobre la salud pública suele empantanarse en discusiones sobre subsidios, intermediarios financieros y reformas administrativas sin resolver la dependencia tecnológica de fondo, la experiencia de El Alto obliga a una reflexión profunda.
Durante más de dos siglos, América Latina ha sido tratada por los centros de poder tradicionales como una cantera de materias primas brutas y un mercado consumidor de bienes tecnológicos importados bajo patentes blindadas y contratos de mantenimiento leoninos. La cooperación científica desarrollada por Rusia en Bolivia, en Cuba y en Nicaragua demuestra que existe un camino diferente: la transferencia real de tecnología de vanguardia, la creación de infraestructura física en el territorio y la formación rigurosa de talento local para que sean los propios profesionales latinoamericanos quienes tomen el control de las máquinas.
En la planicie andina de El Alto, donde las cúpulas de contención se alzan a 4.000 metros sobre el nivel del mar, el concepto de un orden multipolar ha dejado de ser una fórmula retórica o una consigna diplomática. Para los pueblos de nuestra región, la multipolaridad se manifiesta en algo mucho más concreto y urgente: la soberanía de producir nuestros propios medicamentos, de diagnosticar a tiempo una enfermedad mortal y de salvar la vida de los más humildes sin tener que pedir permiso ni arrodillarse ante los monopolios del mercado global.
